Leyendo ahora
Tenemos derecho a ser malas

Tenemos derecho a ser malas

Yo no quiero competir con los varones, quiero la mitad de todo.

 Quiero cambiar el orden completo para que el orden completo prevea que es justo que nosotras tengamos la mitad de todo.

Amelia Valcárcel

 

¿Se han sentido culpables por no ser buenas madres? ¿por haber ejercido más poder del que normalmente se debe? ¿por haber abortado? ¿por no querer ser mamá? ¿Por decir no? ¿por romper un matrimonio o una relación con un buen hombre? ¿por tener un vibrador? 

Seguramente sí, y estoy segura que podríamos hacer una lista enorme de cosas por las que las mujeres nos la pasamos sintiéndonos culpables todos los días. Hemos llevado una carga de cumplimiento de expectativas para tener que ser buenas y mejores siempre -lo que sea que eso signifique- y, ¿saben qué? ¡Qué pinche cansado es! 

Amelia Valcárcel, una filósofa feminista española ha hablado del derecho a la maldad de las mujeres. Ha señalado que, debido a las tradiciones religiosas y roles de género, las mujeres han tenido que seguir un estándar moral más fuerte que los hombres y esto ha sido injusto. 

Las construcciones sociales de género han negado a las mujeres muchos derechos: a un pago igual por igual trabajo; al tiempo de ocio sin quehaceres domésticos y de cuidados; a no cumplir los estereotipos de belleza; a no ser madres; a coger con quien quieran y cuando quieran; a mostrarse fuertes; a ejercer poder sobre sí mismas y sobre los demás y, en pocas palabras, a ser malas. 

¿Qué pasa cuándo una mujer no quiere o no puede ser buena? Judith Butler ha escrito mucho del tema. Ha documentado que, cuando una mujer -o un hombre- no cumplen con su rol de género impuesto, la sociedad lxs excluye, discrimina o violenta. Ha trabajado mucho por el derecho a una vida sin miedo y sin exigencias sociales en relación a la identidad, expresión y orientación sexual. 

En ese sentido, debemos reivindicar el derecho a la maldad de las mujeres. Una maldad no entendida desde los valores tradicionales ético-morales pensada para dañar a alguien o algo, sino una maldad comprendida como una forma de insubordinación de las mujeres a lo que nos han impuesto desde pequeñas. El derecho a no tener que esforzarnos siempre lo doble para hacer ver a los demás que merecemos algo que quizás, en nuestro imaginario propio y colectivo, le correspondía a un hombre o a alguien más. 

Las mujeres no somos mejores, ni más buenas, ni más honestas, ni maternales por naturaleza, simplemente eso nos dijeron que debíamos de ser porque nacimos con vagina y nos la creímos, toda la sociedad se la creyó y lo reforzó.

Un gran ejemplo son las protestas feministas que han ocurrido últimamente en diversos estados debido a los altos índices de violencia y a que las mujeres estamos hasta la madre de cumplir con roles y de vivir con miedo. 

Críticas como: ¡Esas no son las formas!, ¡ellas no me representan!, ¡los monumentos no!

Nadie puede decir cuáles sí son y cuáles no son las formas, no hay un solo tipo de ser mujer, de ser feminista o de demostrar enojo y protestar. Precisamente, el fin mismo del feminismo es que, cada persona tenga la libertad de comportarse como quiera, de no tener que demostrar nada a nadie sino quiere y de hacerlo sin miedo y sin violencia.

Y termino de nuevo con Amelia: 

Me cansé, pero es que mis abuelas ya estaban cansadas. No quiero ser excelente, ni especial. Sólo reclamo mi derecho a no ser excelente, según ese modelo. En ese sentido reivindico el derecho al mal, un mal que giraría el sentido actual del mundo.

© Copyright 2020 Romina Media. Aviso de privacidad