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P*TA la palabra que limita tu sexualidad y porqué hay que cambiar su significado

P*TA la palabra que limita tu sexualidad y porqué hay que cambiar su significado

Háblame sucio. Dime todo lo que se te ocurra.

No era la primera vez que Ximena le pedía a su novio que le hablara “sucio”, y hasta ahorita, ella había descubierto lo mucho que eso la cachondea. Si conseguía que él le siguiera diciendo cosas, iba a tener el orgasmo de su vida. 

Zorra. (Gemidos). Golfa. (Gemidos). Puerca. (Más gemidos). Puta…(Silencio). 

¿Que me acabas de decir?

Ximena no esperó a que él le contestara; se levantó de la cama y se vistió mientras trataba de contener el llanto. Su novio la miraba, todavía excitado y bastante confundido.

¡Cómo te atreves! ¿Puta yo? ¡Lárgate de mi casa y no te atrevas a buscarme!

 

Y efectivamente, ni él ni ella dijeron nada durante las dos semanas que le tomó a Ximena perdonar a su novio por ofenderla, no sin antes consultarme para tratar de entenderse a ella misma. ¿¡Por qué carambas le había ofendido tanto una palabra de cuatro letras!?

Debo admitir que, como Ximena, durante mucho tiempo de mi vida creí que el que alguien le dijera puta a una mujer, superaba la categoría de insulto. No sólo era una forma de descalificación; era algo que, una vez dicho, se convertía en una especie de mancha que te podía seguir toda la vida. El funeral de tu reputación como mujer.

 Por eso, en algún momento entre dejar de ser niña y empezar a ser adolescente, mucho antes de saber qué significaba exactamente la palabra, para mis amigas y para mí, la idea de ser consideradas unas “putas” nos aterraba.  De hecho, me atrevo a asegurar que, como muchas de ellas, la relación que construí con mi cuerpo y mi sexualidad estuvo determinada por el miedo a ser juzgada como una mujer fácil.

Para convertirte en una mujer-puta no hace falta cobrar por sexo, basta con tomarse ciertas libertades eróticas, desobedecer las reglas de prudencia y decoro que en algún lado alguna vez alguien escribió y, aún más grave, no sentirse avergonzada por hacerlo. Yo, por ejemplo, fui puta a los 13 años cuando besé a mi primer novio (en esa época todavía ni siquiera me interesaba el sexo, pero la vecina que nos vio besarnos no podía dejar pasar la oportunidad de armar un escándalo).  Fue puta Martha por hacer un viaje con su novio antes de casarse; fue puta Isabel por decidir mandarle una nude a un novio que, en venganza por haberlo terminado, la compartió con su grupo de amigos; y tristemente, fue puta Marcela cuando decidió acusar a un primo que, ya con varias copas de más, intentó violarla en una fiesta.

 Básicamente, a ojos de muchas sociedades para quienes la sexualidad sigue siendo el tabú favorito, convertirse en puta es un trámite sencillísimo. Lo difícil, en todo caso, es quitarse de encima la etiqueta.  En mi caso, el colmo llegó cuando muchos años después de aquel beso, una amiga de la universidad conoció a alguien que conocía a alguien que le “advirtió” sobre mi reputación. Fue entonces que me di cuenta de la insensatez del estigma al que somos sometidas las mujeres y de la responsabilidad que tenemos de no quedarnos cruzadas de brazos mientras el mundo nos sigue juzgando.

 Esa fue la reflexión que llevó a Minerva Valenzuela, actriz y cabaretera, a organizar la primera “Marcha de las Putas” en México en 2011.  Eso y que más de 5000 personas la apoyaron asistiendo, la misma cantidad de mujeres que asistieron en Toronto, sede de la primera SlutWalk del mundo. La razón por la cual las mujeres canadienses se organizaron tuvo que ver, en gran parte, con la declaración de un policía que se atrevió a decir que la solución para que las mujeres dejaran de ser violadas era que evitaran vestirse como putas.  

Desgraciadamente, lo que dijo este individuo no es algo que sólo piensan y dicen algunos. Muchas personas usan palabras como esa no sólo para insultar, sino para justificar la violencia sexual: “le paso lo que le pasó por vestirse así” o “si se hubiera dado a respetar, nada de eso hubiera ocurrido”. En inglés, desde hace tiempo existe un término para eso: slutshaming, que se refiere a la estigmatización a una mujer por tener comportamientos que algunos consideran promiscuos o sexualmente provocativos.

Para la RAE, todas las acepciones de puta y sus derivados son negativas, y como con tantas otras palabras, tiene la connotación que nuestra sociedad ha decidido darle. Como dice la escritora Rocío Da Riva, toda cultura tiene reglas y normas que rigen su inserción en el mundo que les rodea. De acuerdo con esas reglas, todo aquello que se aproxime al ideal cultural será positivo; en cambio, cuanto más se aleje algo del canon establecido, más negativo será. Esa es la razón de existir de las palabras que usamos para insultar, pero si algo hemos aprendido hasta ahora, es que el futuro semántico de una palabra puede cambiar. Ya pasó con palabras como “queer”, “sufragista”, “suffragette”, “heterosexual” o “chica”, todas las cuales fueron consideradas insultos en algún momento.

Desde ya varios años, la palabra puta ha dejado de ofender a muchas de nosotras. Esto ha seguido a un camino de reinvención y redención que ha incluido también a grupos de mujeres trabajadoras del sexo para quienes ser llamadas putas no es ningún insulto, e insisten en usarlo como un desafío al establishment. Porque para que alguien te insulte, para que alguien pueda usar algo en tu contra, debe de existir un contexto compartido. En mi opinión, en este caso, ese contexto existe en oposición a la libertad que tenemos las mujeres de ejercer nuestros derechos sexuales y reproductivos.  

Me hubiera gustado que alguien me lo hubiera explicado a mí cuando tenía 13, después de aquel maravilloso beso y el consecuente escándalo, pero valga ahora la reflexión para quien le sirva: si disfrutar de tu cuerpo y tu sexualidad te hace una puta, lo que mereces es que alguien te voltee a ver hacia arriba y no hacia abajo.

 

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