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¿Ofrecer una disculpa o pedir perdón?

¿Ofrecer una disculpa o pedir perdón?

Por muchísimo tiempo sufrí la bendita corrección lingüística: “No se dice te pido perdón, más bien es te ofrezco una disculpa”. ¿Te pasó a ti también? Hoy, con la distancia veo una de las mayores frivolidades en la existencia. ¿Cómo? Me corriges cómo se dice, en vez de fijarte y festejar el gran proceso que tuve que vivir para quitarme el ego, abrazar mi humildad, revisar la situación y responsabilizarme de mis acciones como para que me corrijas la manera correcta de decir las cosas. ¡Vaya, vaya! 

Y es que seamos sinceros, hay gente, y en situaciones yo he sido de ellas, que prefiere morir de orgullo que ofrecer una disculpa. ¡Que terror confesar que no soy perfecta, que soy humana y que me puedo equivocar! Y a ver, en la teoría suena muy sencillo confesarlo, entenderlo y repetirlo una y otra vez. Pero, si profundizamos en el tema, ¡claro que es complicadísimo! Nos pone en un estado de vulnerabilidad tremendo y yo por lo menos soy de la generación que le cuesta trabajo abrir sus errores y exponerlos al mundo, porque tía y la generación de “niña buena”. 

Con el tiempo y mi profesión he entendido que en realidad, admitir que te equivocaste es lo mejor que puedes hacer en una crisis. Pero no todos estamos acostumbrados a eso. Para muchos, una equivocación equivale a volverse su error, a sentir tanta vergüenza que prefiere alejarse, a darle visibilidad a eso que es mejor mantener bien escondido porque sesga la posibilidad de sentirse merecedora y un gran etcétera. Pero paremos un momento, antes de continuar, me encantaría que este artículo lo hiciéramos práctico. ¿Por qué razón tú no has ofrecido alguna disculpa?

Te lo pregunto porque a mí por lo menos me ha pasado que viendo a la distancia algunas situaciones  logro ver que pude haber hecho las cosas diferentes pero por un tema de ego o por vergüenza, no lo hice. Eso a su vez se volvió culpa y ese círculo se convirtió en algo súper vicioso. Hoy, he aprendido a sanar la culpa y también a ofrecer una disculpa, empezando por pedir perdón, pero a mí para después continuar con los demás. 

Por ello, hoy cuando me equivoco, lastimo a alguien “sin querer”, o meto la pata (que ocurre más seguido de lo que me gustaría) lo primero que hago es aplicar mi error típico semántico: Pide perdón. Empiezo por agradecer el gran valor de aceptar que algo hice mal. Enfoco mucho mi esfuerzo en repetirme que “no soy mis errores, solo me equivoqué” y honro el gran proceso de aprendizaje que me va a traer si le sé sacar el jugo a la experiencia. HO’Oponopono me ha regalado estas cuatro palabras súper poderosas: “Lo siento, perdón, gracias, te amo”.

Después, me sirve mucho escribir. ¿La razón? Me doy cuenta cuál es la narrativa que sostengo del evento. He descubierto que cuando separo la historia de los hechos, le quito mucha carga emocional y puedo ver con más claridad cuáles fueron mis fallas. Un ejemplo es: Te hice sentir mal porque no te pelé cuando llegué al lugar. Esa es la historia. El hecho es: Cuando llegué al lugar, no te sonreí y me senté del otro lado. Aclaro que esto solo lo uso con fines didácticos para diferenciar entre hecho e historia. Lo importante es que separes todo el cuento que te haces y te regales esta corresponsabilidad que te ayudará a sostener una conversación crucial llena de acuerdos y reconciliación. 

Después, claro que viene esta plática donde es importante tener claro el objetivo de ella. ¿Quieres arreglar un malentendido? ¿Quieres enmendar la relación? ¿Qué quieres? Construye un ambiente seguro en el que puedas hacerlo y comparte este objetivo con la persona. Después cuéntale cómo ves los hechos y DE CORAZÓN, sí hasta con mayúsculas lo escribí, ofrécele una disculpa. Explícale las razones por las que actuaste así. Ponle todo el contexto y entre más honesto y vulnerable sea el mensaje, ¡mejor!

Que la persona quiera aceptarla o no, será su propio proceso. Perdonar no implica necesariamente reanudar la relación o enmendarla.  A veces solo con decir lo que tenías dentro, es suficiente para dejar de cargar algo que lastima. Pero recuerda que todo este bendito camino te servirá a ti para caminar más ligero. 

Y así como lo escribí en mi libro El camino para sanar: “Lo que no se sana se repite. Lo que no se perdona, se carga. Lo que no se repara se rompe más. Lo que no se abraza se agarra para no caerse. O que no se agradece, no se incorpora como regalo”, regálate la posibilidad de reparar y sanar cosas que pesan y que a la larga solo pueden alimentar cosas que no son sanas. 

La realidad es que las respuestas las llevamos dentro. Si aún hay emoción, hay un proceso de perdón que tienes que vivir empezando por ti. 

 

Te abrazo y te acompaño en cada paso,

Renata Roa.

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