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No nacemos, nos hacemos…

No nacemos, nos hacemos…

Una mujer no nace, se hace.

Simone de Beauvoir

La frase con la que Simone de Beauvoir empezó su libro El Segundo Sexo en 1949 sigue vigente. Después de años trabajando el tema de género, en ocasiones me equivoco y creo que la frase está ya tan arraigada en la sociedad que suelo pensarla como algo asumido y entendido por todxs.

Sin embargo, hay que escuchar. Basta escuchar a algunas personas y autoridades hablando sobre las víctimas de violencia y feminicidios revictimizándolas porque no cumplían con su rol de género (ser buenas mujeres, pues): por qué tenía tatuajes, por qué estaba sola en la noche, por qué tomó, lo provocó, se drogó, por mala madre, por puta.

En ese contexto es obvio el alcance y las consecuencias de no entender la frase. Seguir pensando que las mujeres y hombres tenemos que cumplir roles y que por naturaleza o esencia somos de tal o cual manera genera desigualdades desde las más invisibles como machismos cotidianos hasta las más graves, como violencia de género y feminicidios.

¿Por qué hemos creído que las mujeres tienen una esencia femenina y los hombres una masculina? ¿Por qué nos ponemos el disfraz de mujer y de hombre cada día, nos guste o no?

Hay distintas respuestas. Podría desarrollar argumentos filosóficos, psicológicos, antropológicos, económicos, históricos, etc., y cada uno de ellos nos daría explicaciones para entender las dinámicas de género tal como hoy las conocemos, pero vamos a lo más simple: aquellos actos cotidianos que son tan parte de nuestra vida diaria que solemos no cuestionar.

Los seres humanos, de acuerdo con algunos sociólogos, nos vamos formando a través de los factores de socialización, es decir, aquellos agentes socializadores que tienen símbolos y significados construidos socialmente por determinada cultura y, que van formando el imaginario social en el que se encuentran las relaciones, normas y roles establecidos (Giddens, 2006).

En ese sentido, en cada uno de los agentes socializadores -familia, escuela, medios de comunicación, religión, etc.- interviene en el imaginario social. En cada agente, la identidad de género es reforzada de manera absoluta y nos va formando como las mujeres y los hombres que debemos ser.

 

Desde antes de nacer, ya las familias y la sociedad nos van determinando. ¿Se han preguntado para qué hacer fiestas que anuncian el género? Ese simple acto, por muy inofensivo que parezca, es un claro ejemplo de la obsesión que tenemos por definir a las mujeres y hombres. Anunciar en una fiesta el género una persona es imponerle ya una identidad, lo cuál además genera un significado en el imaginario colectivo. Antes de nacer, el cuarto ya está de rosa o azul, ya sabemos que les pondremos aretes a las niñas y que los niños no usan vestido.

En la etapa de la infancia, basta acudir a las tiendas departamentales a la sección de juguetes: pasillos rosas y pasillos azules. Enseñamos a las mujeres su rol de madre desde niñas, somos mamás a los 5 años, llevamos la pañalera de nuestra muñeca (que come, hace pipí y llora) a cualquier visita, junto con el kit de belleza, para entretenernos. Los hombres suelen llevar sus carritos, pistas, muñecos que son súper héroes generalmente, bicicletas y otros juguetes que los van haciendo competitivos y apropiándose de los espacios físicos con mayor libertad que las mujeres.

 

En la escuela, el campo de fútbol ocupa el 80% de las instalaciones escolares y lo usa menos del 50% de la población escolar, en especial los hombres. Los salones son microsistemas de la sociedad y los sesgos de género también están presentes en el trato de los y las docentes a las alumnas, esperando comportamientos más “femeninos” de ellas. Esto, también se ve reproducido en los libros de texto, actividades y formas de corregir conductas, las cuales suelen estar diferenciadas.

Otro factor con gran impacto son los medios de comunicación. ¿Quiénes anuncian productos de limpieza y quiénes autos? ¿Cómo estamos representadas las mujeres en las revistas, shows de tv, noticieros, etc? Basta prender un día la televisión a las 12:00 del día y ver los programas dirigidos a mujeres para darnos cuenta del reforzamiento constante de los roles, lo cual ha funcionado muy bien ya que seguimos actuando como mujeres y como hombres a diario, nos guste el disfraz o no.

Podría seguir con ejemplos y ejemplos en la religión, en las universidades, los centros de trabajo y en cualquier espacio que la sociedad ha construido, pero será parte de otro texto.

Por ahora, estos ejemplos bastan para abrir conversaciones y reflexiones sobre las formas a veces sutiles, a veces visibles y directas en la que reproducimos prácticas sexistas e imponemos roles de género creyéndolos algo natural.

Cambiar siglos de conductas y prácticas sexistas lleva tiempo. Cuestionarlas, señalarlas, trabajarlas y alzar la voz, es un buen inicio.

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