Mindful sex: adiós al sexo insípido

Todas sabemos que se puede estar sin estar; que se puede hacer sin disfrutar y percibir sin sentir. Sin embargo, cuando esto describe el sexo que tenemos y no el que quisiéramos tener, salir de la rutina requiere dosis iguales de inteligencia e intención.

¿Cuál ha sido tu relación sexual más satisfactoria y qué es lo que más recuerdas de este encuentro? Cuando hago esta pregunta con fines educativos o de investigación, rara vez me topo con recuentos de escenas tipo porno o con descripciones de sesiones maratónicas estilo Kama Sutra. Para casi todas las personas, los detalles más importantes tienen poco que ver con lo que hicieron y mucho que ver con cómo se sintieron con la persona que estaban en ese momento. Nuestros mejores encuentros sexuales suelen ser aquellos en los que sentimos una conexión especial (ya sea romántica o sexual), en donde nuestras sensaciones y emociones están “a flor de piel” y en donde nos permitimos explorar y dejarnos llevar por lo que está pasando.  Básicamente, el mejor sexo ocurre cuando nuestro cuerpo y muestra mente están en un mismo lugar, disfrutando de todo lo que sucede.

La definición que más me gusta del sexo es la de la terapeuta Esther Perel, quien dice que las relaciones sexuales son “un lugar dentro de nosotras mismas al que vamos con otra persona”. La realidad, sin embargo, es que muchas de nosotras vamos poco a ese lugar y no siempre sabemos qué significado tiene.

Lo que generalmente hacemos, es irnos por nuestra cuenta y empezar a pensar en todo menos en lo que está sucediendo con nuestro cuerpo. La lista del súper, los últimos pendientes, el mensaje que recibiste hace una hora… todo sirve de distracción, y cuando menos lo notas, te has convertido en una espectadora de la escena en la cual se supone que tú estás participando. Tu mente está en otro lado en vez de estar sumergida por completo en las sensaciones corporales de una experiencia sexual. Pero por si eso no fuera suficiente para matar el deseo sexual, estos pensamientos a veces se ponen en nuestra contra y empiezan a criticar todo lo que hacemos.  A esto último se le conoce como spectatoring, y sucede cuando decidimos dedicarnos a juzgar y criticar nuestro desempeño sexual (¡Ay! ¡Qué aburrimiento! ¿Y si nos dedicamos a destruir nuestra autoestima sexual?).

Esta observadora crítica en la que nos convertimos, generalmente se centra en cómo nos vemos y en qué tan buenas o malas amantes consideramos que estamos siendo. A nuestra analista interna le preocupa verse gorda, oler raro, gritar demasiado, decir algo que no venga al caso, aburrir a la otra persona, ser muy brusca, ir muy rápido, ir demasiado lento… todo menos dejarse llevar y disfrutar. Nuestro spectatoring quiere controlarlo todo, pero el control, desafortunadamente, es el peor enemigo del placer y los orgasmos espectaculares.

Spectatoring vs mindful sex
Estar en contacto con cada sensación corporal en vez de juzgarnos, desconectarnos o detenernos a analizar cualquier cosa que nos pasa por la cabeza, es parte de lo que hoy se conoce como mindful sex Este tipo de conexión con nuestras sensaciones físicas es lo que hace que una experiencia sexual se vuelve realmente significativa y erótica; de hecho, cuando pensamos en nuestras mejores experiencias sexuales, muchas veces recordamos que nuestra cabeza y cuerpo siempre estuvieron sincronizados (y también los de la otra persona con los nuestros, porque sin esto, ningún sexo puede ser maravilloso).

El mindful sex se ha hecho tan famoso como el Tantra, y sus principios básicos son los mismos: la experiencia física como un vehículo para la propia autoconsciencia y autoconocimiento. Lori Brotto, una de las expertas más conocidas sobre el tema, condujo una serie de investigaciones (ahora publicadas en un libro) en las que encontró que la práctica del mindful sex puede ayudar a las mujeres a superar disfunciones sexuales relacionadas con el deseo, la excitación y la satisfacción.  

Pequeños pasos, grandes resultados
Practicar mindful sex requiere de cierto aprendizaje, pero los primeros pasos que te van convirtiendo en una experta no son tan complicados. Aquí hay cuatro ejercicios que puedes poner en práctica (ya sea uno por uno o varios a la vez) cada vez que sientas que tu mente empieza a divagar:

  1. Céntrate en tu respiración. A veces sólo basta con respirar profundo unas 3 o 4 veces. Cada que lo hagas, concéntrate en el aire que entra y sale de tu cuerpo. Para algunas mujeres, hacer esto resulta más fácil si primero buscan y se centran en el olor de su pareja (siempre y cuando les guste, claro está).
  2. Concéntrate en la respiración de tu pareja. Cuando le escuches respirar, trata de seguir el ritmo que lleva (inhala y exhala cuando tu pareja lo haga). 
  3. Busca alguna palabra o frase que te regrese al momento. A algunas personas les basta con decir algo como “centro”, “aquí en vez de allá”, o mi favorita y no literal “córtate la cabeza”.
  4. Enfócate en una sensación en particular y algo específico que esté ocurriendo en ese momento, como la sensación de tu mano sobre su piel o de sus labios sobre tu cuerpo. Trata de aislar esta sensación y céntrate en cada pequeño detalle que ésta te provoca.

Por último, es importante recordar que, cuando un pensamiento distractor se cuela de repente, lo mejor es notarlo sin juzgar. No te obsesiones ni te odies por ello; tampoco lo fuerces a irse: lo ideal es dejarlo ir poco a poco (puedes imaginar un globo de helio o una banda transportadora alejándolo de ti). Al final, la paciencia y la práctica hacen a la maestra, o en este caso, sacan a la maestra que todas llevamos dentro, esa que sabe cómo despertar sus propias pasiones y disfrutarlo todo al máximo.

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