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La conexión a las redes sociales y la desconexión de nuestro propio ser

La conexión a las redes sociales y la desconexión de nuestro propio ser

En las últimas dos décadas, las relaciones humanas han cambiado considerablemente. En gran parte debido a que ahora la inteligencia artificial parece mediar cualquier tipo de relación o vínculo tanto consigo mismo como con el mundo que nos rodea. Computadoras, celulares, tabletas y en general cualquier pantalla permite el supuesto acercamiento entre las personas. Sea para empezar una relación de pareja, una amistad e incluso para terminarla, pareciera que la única herramienta que lo facilita es la red social. Y aunque puede parecer una herramienta de trabajo que facilita la vida del ser humano, en la práctica se ha ido convirtiendo en una droga. Y como cualquier droga para quien la consume, acaba con la tranquilidad y con la vida de las personas y termina por llevarlas a presentar no sólo síntomas como ansiedad, depresión e incluso trastornos mentales más complejos, sino que también en algunos casos puede llevar al suicidio.

Independientemente de la edad o la generación, el mundo actualmente funciona a través del uso de Internet y en particular, de las redes sociales. Aunque para las personas de la tercera edad el uso de aplicaciones como Instagram, Snapchat, TikTok, Facebook, entre otras, no sea tan recurrente, son cada vez más las personas de esas generaciones que ‘abren’ una cuenta en alguna de estas redes con el fin de reencontrarse con quienes perdieron contacto años atrás o para estar en conexión con sus familias y ver las fotos de sus nietos, hijos y amigos. En estos casos, efectivamente estas aplicaciones permiten ‘tejer redes sociales’, conexiones que, de otra manera, no se podrían dar. Válido. ¿Dónde radica entonces el problema? Como todo en la vida, es la dosis la que hace al veneno y esto es aún más evidente cuando las redes sociales virtuales empiezan a ser la única manera como una persona, en particular un adolescente, se aprende a relacionar consigo mismo y con el mundo. Cuando no pertenecer a una red o no tener un número suficientemente significativo de amigos en la cuenta o no recibir suficientes ‘like’ en sus publicaciones, lleva a crisis de ansiedad tan fuertes que acaban en cuadros depresivos e incluso, en intentos de suicidio.

La adolescencia es uno de los primeros momentos de la vida consciente de un ser humano en el que empieza a construir su identidad. Es una etapa de duelo porque se adolece el ser un niño para convertirse en un adulto, con gustos y criterios propios, independientes de los padres e incluso de los pares. Es una etapa de transición que, como todas, lleva a quien la transita a enfrentar inseguridades, insatisfacción, ansiedad, miedo, preguntas sin respuestas, etc. Por lo mismo, es un momento en el que se requiere acompañamiento y guía de otros seres humanos, como padres, profesionales de la salud, profesores y amigos ya que es justamente la red social de apoyo emocional la que permite que un adolescente pueda transitar por ese período de su vida de la manera más sana posible. Desafortunadamente, el uso excesivo de las redes sociales ha llevado a que esa comunicación directa, ese vínculo humano de mutuo interés, se pierda y se vaya remplazando por “vínculos” intangibles, irreales y ficticios que contrario a generar seguridad, apoyo, compañía, contención emocional y solidaridad, aumentan la sensación de soledad, desamparo, alejamiento, abandono y miedo. 

Además, las redes sociales acabaron con un elemento muy importante para el sano desarrollo de cualquier ser humano y en especial, para el de un adolescente: los límites. Una red social como Instagram, por ejemplo, permite que cualquier persona pueda ‘entrar’ a la casa de otra, y no solo de cualquier persona, sino de lo que la sociedad capitalista ha definido como los grandes ídolos de la humanidad. Ídolos que lo son por tener más de una mansión con enormes piscinas y grandes extensiones de tierra, además de una lancha y un yate y closets con un millón de zapatos, carteras, pantalones, camisas y chaquetas. También se pueden ver las dietas, los gimnasios, los entrenamientos que hacen las ‘modelos a seguir’, unos cuerpos esculturales y todo esto acompañado de caras siempre sonrientes, felices, de relaciones perfectas; familiares, de pareja, de amistad y laborales que jamás representan un conflicto. ¿Qué puede generar ver este panorama 24/7 en una persona que se siente incomprendida por sus padres, cuyo cuerpo está en proceso de cambio, que se siente sola en medio de su grupo de amigos o amigas? Genera una constante comparación, además de despertar emociones negativas como la envidia, la rabia, la codicia y el deseo irrefrenable de tener todo lo que se está viendo, creyendo que así lograrán la felicidad de quienes están en la pantalla.

El impacto en la salud mental que tiene el uso excesivo de las redes sociales es evidente a nivel mundial. Es aún más evidente en la población adolescente para quien la vida se reduce a ese mundo irreal que va invadiendo cada vez más tiempo y espacio de sus relaciones con otros y consigo mismos. Estos jóvenes ya no pueden ni saben estar solos y en silencio porque constantemente tienen que estar revisando el número de seguidores o ‘amigos’ que tienen en sus redes, así como la cantidad de ‘likes’ que reciben en las fotos que ‘postean’ ya que esto no sólo se asocia con popularidad sino también con cariño: entre más ‘likes’, más ‘amado’ eres por los demás. Y entre menos ‘likes’, menos amado te sientes. Así la estabilidad emocional y mental de un adolescente depende casi en un 100% de factores que no dependen de sí mismo por lo que las crisis emocionales y mentales son cada vez más frecuentes y peor aún, más fuertes. Se ha distorsionado tanto la percepción de la realidad que para los adolescentes la vida no existe si no están conectados al menos a algún dispositivo electrónico que constantemente los esté validando. Y aunque muchas veces alcanzan a darse cuenta del daño que se hacen a sí mismos por el tiempo que pasan conectados, como cualquier adicción, se vuelve algo incontrolable salirse de ahí.

 

Pedirles a los adolescentes que no consulten las redes sociales no sólo es imposible, sino que puede no ser adaptativo. Para bien o para mal, el mundo actual de los adolescentes se ha estructurado sobre ese tipo de tecnología y de relaciones. Y como es por medio de las redes sociales que se definen los eventos sociales, que se conocen las personas, que se ponen de acuerdo para encontrarse, para hablar, para mantenerse en contacto, emanciparlos de eso no sólo es imposible, sino que puede generar efectos aún más adversos como cuadros de ansiedad y depresión. 

¿Cómo resolver entonces este dilema? Terminemos por donde empezamos: es la dosis la que hace al veneno. Esto en la práctica significa enseñarles a los adolescentes, desde niños, a tener espacios de silencio, a no tener que estar 24/7 conectados a una pantalla para sentirse tranquilos mostrándoles que no solamente no se sienten tranquilos, sino que incluso empeora su intranquilidad después de pasar horas “scrolling” en una pantalla. Incentivarlos desde niños a hacer deporte, a tener contacto con la naturaleza y llevarlos a lugares donde “no haya señal” de ningún tipo, donde puedan acostarse y levantarse sin que lo primero que tengan que hacer sea ver una pantalla. Ayudarlos a cultivar relaciones con pares y amigos invitándolos a la casa o llevándolos a hacer actividades al aire libre de tal manera que la única manera de comunicarse con otros no tenga que ser por un dispositivo electrónico. Y finalmente, no por eso menos importante, a través de nuestro ejemplo como adultos y padres. Sentarse a la mesa del comedor con el celular en la mano, entrar o salir del baño con el celular en la mano,  jugar o conversar con un niño o con un adolescente mientras estamos pendientes del celular, así como estar revisándolo mientras manejamos, cocinamos, mientras caminamos por la calle, mientras estamos en el parque y en el supermercado, ¿qué mensaje les da a los jóvenes, que sabemos o que no sabemos vivir sin las redes sociales y en general, sin internet? 


Ximena Sanz de Santamaria Cárdenas. 

Psicóloga – Psicoterapeuta

Terapia Breve Estratégica

www.breveterapia.com

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