¡Fuimos todas!

A las voces siempre presentes ¡Pañuelos a diez, cubrebocas a cinco! ¡El agua, el agua, el agua! ¡Sombreros, sombreros para el sol! ¡Nieves, nieves! ¡Nieve de limón, nieve de limón! al mediodía del domingo ocho de marzo de 2020 empezamos a colorear de sororidad la plaza del monumento a la Revolución en la Ciudad de México. Miles de mujeres estábamos a punto de encontrarnos con una verdad inexorable ¡No estás sola! ¡Yo sí te creo!  El feminismo es una propuesta de paz, de una consciencia del cuerpo y las emociones en donde a todas y todos se nos permite llorar, vestir, decidir, ¡vivir, carajo! porque todas las personas ¡queremos vivir sin miedo! Cientos de mujeres esperaban dos, tres, hasta cinco vagones para subir al metrobus y llegar a tiempo y ¡no estamos todas, faltan las asesinadas ! Las calles aledañas al monumento estaban repletas de compañeras. Otras nos acompañaban aunque fuera desde el silencio de sus casas.

Sí mamá, hermana, abuelas, tías, primas, amigas ¡Fuimos todas! Yo también destruí y quemé puertas y cristales de edificios públicos y privados, también  pinté nuestras demandas en las paredes, en las calles y en los monumentos que encontramos en nuestro camino hasta el Zócalo. Por todos los que han vandalizado nuestros cuerpos con miradas, piropos y golpes.

Ese domingo también compuse canciones de protesta, para que la tierra tiemble hasta que nos devuelva a quienes ¡vivas se las llevaron! También fui una madre que salió con su familia a marchar, que educa una niña libre de violencia. Que ondeó la bandera verde con violeta que hicimos las tres en casa, su padre esta vez callaba y marchaba conmigo mientras cargaba a nuestra hija en hombros. Desde ese día yo misma fui una de las heroínas que esclarecen las cifras negras con sus propios recursos porque ¡el Estado opresor es un macho violador!

Tome fotografías desde las alturas, escribí columnas y poemas, para que la historia no se repita, grité hasta que se me acabara la voz pero ahí estaba ¡la voz de las que no pueden gritar! También fui ciclista porque todos los días lucho por rodar segura, por apropiarme de las calles y no al revés. Barrí calles, atendí mesas en un restaurante, cuidé enfermas y enfermos, cuidé nietas y cociné para mi familia. Desde la calle o desde la casa, todas gritabamos, ¡No más violencia! ¡No somos una, no somos cien, pinche gobierno, cuéntanos bien! 

Hoy somos el mismo cuerpo que usaron, abusaron o violaron y que aún mutilado seguirá de pie, seguirá abrazándonos, luchando y sobreviviendo para que mañana no faltemos diez. Para que mañana no falten ustedes. 

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