La piedra angular

Ser la mamá de Valentina y Mariaignacia es lo mejor que me ha pasado en la vida. Estoy agradecida de haber coincidido en este espacio y tiempo, pero también estoy consciente de la responsabilidad que tengo en mis manos. La influencia materna es piedra angular en el desarrollo humano. Las mujeres no podemos permanecer como observadoras, sino entender que somos protagonistas, voluntarias o no, de los cambios que se están gestando. Podemos influir de manera positiva para crear un mejor futuro para las próximas generaciones, o tristemente de manera negativa y crear caos en la vida de nuestros hijos.

Sé que la maternidad también está llena de dudas, miedos, retos y  creencias negativas que hemos escogido en lugar de nuestra felicidad. No hay madre que sepa de antemano como serlo. Más bien lo nuestro nace de un instinto natural que nos va guiando de acuerdo a nuestros valores. Sin embargo, está en nuestras manos educar a nuestros hijos para dejar atrás los patrones machistas que han estado presentes en nuestra sociedad desde hace muchos años. Qué tal si les enseñamos que una mujer puede ser estratégica y no manipuladora; asertiva y no agresiva o caprichosa; valiente y no controladora. Que los colores y los juegos no tienen género, las profesiones son para todos y que no deben temerle a su propio poder.

Qué tal si les enseñamos que una mujer puede ser estratégica y no manipuladora; asertiva y no agresiva o caprichosa; valiente y no controladora.

Para vivir la maternidad plenamente es necesario dejar atrás las culpas; trabajar en nosotras mismas y cuidarnos. Es un hecho que entre más felices seamos, más felices serán nuestros hijos. Ellos no quieren madres perfectas, quieren madres íntegras, plenas, satisfechas, pero sobretodo felices. No debemos olvidar que somos individuos con sueños, pasiones y deseos propios. No es necesario encasillarnos en roles estrictos y arcaicos que solamente nos limitan. Ser honestas con nosotras mismas, aceptarnos, no es una tarea fácil, pero es un viaje enriquecedor que trae confianza, paz, y lo más importante, ayuda a comprender lo que somos ahora y por qué. El perfeccionismo y control excesivo nos lastima y a las personas que nos rodean. Sé que todas nosotras quisiéramos ser perfectas y nunca cometer errores. Sin embargo, eso sería no vivir.  Estamos tan ocupadas tratando de ser perfectas que olvidamos disfrutar las cosas realmente importantes en nuestra vida. Las imperfecciones nos hacen ser humanos.  

La maternidad no se trata de completar otra actividad de una “to-do-list” para cumplir con las expectativas de alguien más. Es por eso que yo decidí ser madre hasta que me sentí preparada, sin presiones y libre de las cadenas que venía arrastrando desde mi niñez. Tuve a Valentina y a Mariaignacia hasta los 47 y 49 años y fue el momento perfecto, porque fue MI momento.  Tampoco he dejado de trabajar. No ha sido fácil, pero no es requisito sacrificar el crecimiento profesional por el hecho de ser mamá. Son actividades complementarias y jamás te debes sentir culpable.

Yo estoy convencida que la maternidad y la crianza es un asunto muy personal. Es momento de dejar de juzgar a otras, pero sobretodo dejar de juzgarnos a nosotras mismas. Somos seres humanos y tenemos el derecho a cometer errores. Sin embargo, en el proceso de equivocarnos, tenemos la oportunidad de seguir aprendiendo. Nuestros errores no nos definen, pero sí la actitud que tomamos ante ellos.

Mis hijas me han enseñado a aceptarme y a conocerme a mí misma, así como a entender el amor incondicional en su expresión más pura.  Tengo claro que no me toca establecer sus metas y objetivos, solo acompañarlas y guiarlas en el proceso. No puedo imponerles mis expectativas, al contrario, mi labor es fomentar su independencia y autonomía para que ellas mismas encuentren su camino, su misión de vida.

El vínculo con los niños es fundamental en la formación de su personalidad y en su desarrollo. Nuestro ejemplo va a influenciarlos por el resto de su vida. Decidamos llevar este proceso desde nuestro poder que es el amor y no con miedo, que solo miente y paraliza. Las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra. La maternidad debe estar llena de congruencia y sinceridad. Mis hijas y yo tenemos una conexión de lazos inquebrantables de luz y amor; juntas crecemos y aprendemos cada día. Nos reímos fuerte, lloramos con libertad, y disfrutamos cada momento por más simple que parezca.

Mi mayor deseo es que mis hijas, Valentina y Mariaignacia,  crezcan libres y llenas de amor, crean en sí mismas y vivan sin miedo.  Las educo para que desarrollen confianza y aprendan a tomar decisiones. Deben saber que pueden lograr lo que se propongan y que son libres, pero esa libertad tiene una responsabilidad y su libertad termina cuando empieza la de alguien más. Les inculco la importancia del respeto, pero sobretodo el amor por ellas mismas. Cuando les pregunto por qué las quiero ellas responden: “me quieres porque yo soy yo, mamá”.

Quiero que crezcan sabiendo que el género no las define y no tiene que decidir absolutamente nada por ellas. Que sean libres y conscientes de su propio poder para controlar su vida con base en lo que quieren y no en las expectativas externas. Quiero que se amen y que amen intensamente. Lo más importante en esta vida es despertar en tu propia luz, para poder compartir con el mundo lo más poderoso que tenemos: nuestro amor. Basta de tener miedo a la libertad. En vez de cortar las alas de nuestros hijos, enseñémosles a volar.

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